Debo reconocer que hay momentos en que te odio.
Me cuesta odiar gente, lo reconozco, pero sin conocerte me quitaste lo cotidiano y lo no tanto.
Me quitaste lo que quería, lo que quería de verdad y sin malicia.
Me quitaste la malicia, me quitaste el juego, me quitaste las posibilidades de escapar por unas horas, de reír sinceramente por unas horas. De soñar con categorías andantes.
Me dejaste convertida en un estropajo que quiere ser fuerte, que se dice ser fuerte porque necesita seguir en pie, sonriendo y no pensando.
Me dejaste convertida en la yo de antes, pero con menos cosas que hacer y más que pensar.
La culpa es mía por reducir mi acción a tan poco, por confiar en lo cotidiano de las conversaciones nocturnas, de los helados diurnos. Pero no puedes decir que yo soy culpable de destruir lo que tenías, porque lo que tenías no era mío y nunca quise que lo fuera.
Pasaste de no importarme, de la indiferencia, al dolor. Pasaste de ser alguien más a ser un estorbo. Te convertiste en la mirada fría, en la sonrisa falsa, en la risa inexistente.
Me quitaste todo lo que me sostenía, me quitaste las ganas de descansar con alguien al lado.
Ojala se devuelvan las cosas, para que aprendas que de injusticias también vive el hombre.
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